Dos días para tener un hijo (otro), dos días para que Lola tenga una hermana, dos días para que la vida cambie otra vez. Dos días. Algo menos, técnicamente. Vértigo.

Luego ocurre como con todas las cosas que importan, como ese momento concretísimo en el que te das cuenta que él es el hombre de tu vida o como cuando todo se para frente a una playa casi desierta a última hora de una tarde de verano: que pasan tan rápido que lo único que puedes hacer es disimular un poco tu cara de póker, aparentar que controlas la situación y dejarte llevar.

Duran tan poco que he decidido comenzar a exprimir esos momentos desde mucho antes, tanto como pueda, pero no con ansiedad ni con obsesión, sino empezando a vislumbrar un poco la maravillosa sensación que vendrá luego. Como cuando hueles el aire justo antes de que comience la lluvia o como cuando recorres con la mirada tu plato de comida preferido antes de hincarle el diente. Porque la experiencia empieza mucho antes de que ésta empiece y, en el caso de ser madre, eso es exactamente 40 semanas antes. 40 semanas para anticipar la revolución. Ahora apenas quedan dos días y aunque ya siento la brisa que se mueve al otro lado del precipicio no pienso agobiarme por llegar al borde. Voy a disfrutar de estos últimos pasos como si fuera lo único que importa.

Nos vemos ya mismo Valentina.

El clan McCartney, los cuatro magníficos. Foto: Pinterest

El clan McCartney, los cuatro magníficos.
Foto: Pinterest