Nos ha vuelto a pasar. Como siempre bordeamos peligrosamente la frontera mental del mes de julio sin planes aparentes para las vacaciones. Nuestros sueños son tantos y tan variados que a veces es difícil pensar con sensatez: ¿y si nos vamos a una cabaña perdida en Jamaica? ¿Y si este año nos hacemos pasar por una familia de locales en algún pueblecito de la Toscana? ¿Y si viajamos a Bali con el firme propósito de ir descalza todo el día?  ¿Y si nos refugiamos en una casita encalada de una remota isla en Grecia?

Pero claro, probablemente éste no sea el verano de soñar tan alto ni tan lejos. Valentina aún está acostumbrándose a vivir y puede que unas vacaciones así sean un objetivo demasiado ambicioso. Al menos de momento. Así que he decidido que Jamaica, Toscana, Bali y Grecia aún seguirán donde están ahora el verano que viene y, además, mis ganas de ir se habrán multiplicado por mil. Este verano largo y perezoso nos tiene reservado algo más accesible pero con la misma capacidad de generar emoción.

Probablemente volvamos a Portugal. Creo que es justo: después de habernos despedido allí de ser dos y de ser tres, es como si sintiera que tenemos que volver a ir, esta vez los cuatro, como si quisiéramos presentarle a Valentina a un viejo amigo al que no vemos mucho pero que siempre nos da infinitas alegrías. Y aunque el rincón escondido de Comporta en el que pensamos refugiarnos y vivir como los hippies que no somos es idílico hasta niveles estratosféricos, he decidido que este verano el destino poco importa. Lo que importa es que somos cuatro, un número par maravilloso, y que donde quiera que vayamos tengo una lista interminable y muy concreta de cosas que quiero que hagamos juntos: tumbarnos en el suelo de noche a mirar las estrellas, ir a alguna feria o verbena local en la que montarnos en atracciones y comer algodón dulce, bajar corriendo a la playa en cuanto empecemos a oír fuegos artificiales, acampar por la noche (y volver luego a la cama a dormir con la espalda rota), ir a algún concierto al aire libre, nadar y jugar al frisbee, buscar bichos en el campo, leer cuentos a la sombra de un árbol…

Foto: JGG

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Hacer esas cosas es lo que realmente me apetece ahora, quizá porque la mayoría de ellas forman parte de mi imaginario del verano perfecto, ése que solo transcurre cuando eres pequeño, que no acababa nunca, que está lleno de planes y de aburrimiento a partes iguales y que se traduce en una sensación muy concreta: dejarse llevar sin planes más allá de los próximos 5 minutos. Y afortunadamente, eso es posible en Jamaica, en Toscana, en Bali, en Grecia y en una cabaña de madera perdida en un rincón de Portugal.