Voy a intentar escribir esta entrada sin afectación, sin caer en la cursilería ni en el sentimentalismo fácil. Voy a intentar no llorar mientras lo escribo. No prometo nada, ha pasado justo una semana desde que llegó Valentina y las hormonas no me lo están poniendo precisamente fácil. Pero lo voy a intentar. Voy a tratar de contar cómo es esto de volver a ser madre de la manera más sincera posible, con toda la sensibilidad del mundo pero sin chutes de espiritualidad mal entendida. Veremos qué sale.

Las segundas veces -nunca, nunca- son como las primeras. Y esta afirmación tan obvia como rotunda no tiene nada de desencanto ni de decepción. Pierdes el factor sorpresa, la emoción de la incertidumbre y el miedo a lo desconocido. Pero ese hueco vacío sirve para llenarlo con otro tipo de experiencias. Yo ya tenía una hija, me sabía el guión al dedillo, pero lo que no sabía era cómo iba a resultar la suma ‘hija + hija’, ni desde mi punto de vista ni desde el de Lola. Y para mí, esta segunda maternidad, ha ido sobre todo de eso, de las distintas perspectivas del número 2.

Una semana después de que Valentina haya llegado a nuestras vidas puedo decir, mientras exhalo un profundo suspiro de tranquilidad, que Lola la adora: la acaricia con suavidad, le da besos súper tiernos y yo… Yo alucino de que alguien tan pequeño tenga ese instinto de protección con alguien aún más pequeño. Eso sí, ese cariño fraternal es directamente proporcional a la rebeldía indiscriminada que se gasta con su padre y conmigo. Supongo que debe ser así, al final nosotros somos los culpables de que le haya cambiado la vida de repente y para siempre.

Y aunque esta semana haya batido su propio récord de pataletas injustificadas, cuando va corriendo a ponerle el chupete a Valentina cuando lloriquea y le dice bajito ‘no pasa nada’ mientras le acaricia la cabeza, me vengo abajo y pienso que prefiero mil veces que quiera así a su hermana aunque yo sea la persona más impopular de su pequeño mundo en este momento. A veces tendemos a pensar que los sentimientos y las emociones contradictorias son cosas de adultos, pero es alucinante ver cómo gestiona la felicidad, el miedo y la frustración -así, todo junto- una niña de dos años y medio.

Yo no soy la única persona confundida y sensible en casa estos días: Lola, sin saberlo, me acompaña en esta montaña rusa emocional. Y aunque las dos estemos llorando estos días más de la cuenta creo que en el fondo sabemos que no es más que el cosquilleo incómodo que precede a la más absoluta felicidad.

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