No puedo evitarlo. Cada vez que voy con Lola a cualquier sitio en el que hay más niños me encanta espiar cómo se relacionan. Es algo que nunca me defrauda.

Ayer estuvimos en Costello Río tomando algo al solecito (un sitio muy cerca de casa que descubrí gracias a uno de los conciertos que organizan los de Guau Guau y al que vuelvo siempre que puedo: la comida está riquísima, tienen zumos naturales y el espacio es amplio para que los niños campen a sus anchas) y había varios niños. Lola enseguida congenió con Alba: se miraron un momento como para confirmar que estaban en la misma onda, se sentaron en un rinconcito y se intercambiaron sus juguetes. Y, aunque cada una estaba ensimismada con los juguetes de la otra y no parecía que se estuvieran haciendo mucho caso, cuando Alba se fue se dieron un largo abrazo sin que nadie les dijera nada.

Y a mí esos gestos -innatos, naturales, desisnteresados- me parecen una de las cosas más mágicas del mundo.

Lola y su amiga efímera en el Costello Río.

Lola y su amiga efímera en el Costello Río.