Septiembre es una hoja en blanco, un cuaderno nuevo que estás deseando llenar de anotaciones al margen, listas absurdas, recordatorios que sólo tú entiendes y citas que puede que nunca se produzcan. Septiembre está lleno de buenas intenciones y aunque no todas terminen de hacerse realidad, me gusta el olor a nuevo y las ganas de todo.

En septiembre Lola empezó el colegio -‘el cole de mayores’- y recordé lo difíciles que son los comienzos de casi todo y lo poco que importa que te digan, una y otra vez, lo mucho que acabará gustándote. Hay cosas -en realidad, la mayoría- que solo puedes aprender a apreciar tú solo, que nadie puede explicarte cómo será, ni las sensaciones que tendrás. Y aunque al final acaben gustándote, es inevitable sentir vértigo al principio. Y ahí está Lola ahora, justo al borde, decidiendo si le gusta o no, si sonríe o llora por las mañanas, haciéndose a la idea, incómoda por el cambio.

Al final es eso, el cambio, esa dichosa palabra que proporciona el mismo dolor y placer a partes iguales. Una sensación nueva para ella (otra de las incontables primeras veces) y una prueba irrefutable de un hecho: que irremediablemente se hace mayor. Y aunque ella no lo sepa estoy experimentado la misma sensación, la misma emoción disfrazada de miedo. Se hace mayor, me digo bajito y sonrío con un velo de tristeza.