Vivir con un niño de tres años es bastante parecido a subir en una montaña rusa: nunca sabes lo que vendrá después de la próxima curva, pero sea lo que sea, te pillará por sorpresa. Para alguien tranquilo y de naturaleza cartesiana, como yo, resulta una de las cosas más desconcertantes de tener hijos. Es decir, es maravillosa la espontaneidad, la imaginación y el factor inesperado. No tengo nada en contra de eso, más bien al contrario, me parece una delicia comprobar cómo se comporta un ser humano sin casi filtro de ningún tipo, eso es en definitiva ser un niño.

Lo que no acabo de entender es cómo funciona su pequeño sistema emocional a veces. Puede ocurrir que le regales algo que estabas completamente segura que le iba a hacer levitar de alegría y que tu hijo lo acabe mirando con una expresión de indiferencia mal disimulada, puede que le prepares para cenar las típicas verduras que hace dos días te costaron un berrinche y que hoy se las zampe en menos de cinco minutos, puede que te diga ‘mami, te quiero’ y que se limpie el beso que le acabas de estampar ante su declaración de amor… A eso me refiero, a esos brotes de locura transitoria, que hacen que cada día -cada minuto del día, mejor- sea una aventura.

Me recuerda a esos libros que leíamos de niños en los que ibas escogiendo el desarrollo de la trama saltando de una página a otra y la historia se iba hilvanando a base de acontecimientos excéntricos y cada vez más locos. Esos libros me parecen el guión más adecuado para filmar la historia de un día con un niño de tres años. Y aunque a veces sea agotador no saber leer las señales, preveer reacciones e intuir qué pasará a continuación, ése es parte del encanto: saber que todos esos destellos de locura son capítulos de un libro desordenado y genial. El mejor best seller que hayas leído nunca.

Foto de JGG.

Foto de JGG.