Hoy es el último día de mi baja por maternidad y el cielo está tan gris y nublado como mi ánimo. Han sido cinco intensos meses de intimidad con Valentina, cinco meses en los que hemos aprendido a conocernos, a reconocernos y, también -claro- a querernos. Y ahora ha llegado el momento de cambiarlo todo, de despegarse y vivir cada una sin la otra. De vivir solas.

Y aunque finjo bastante bien que no pasa nada porque sé perfectamente de qué va eso de separarse de un bebé, en el fondo no puedo evitar sentir ese sentimiento de culpa universal que todas las mujeres heredamos en el preciso momento en que nos convertirmos en madres. Y a pesar de tener la situación mucho más controlada que con Lola (me costó una semana -una semana entera- conseguir entrar en la guardería sin ponerme a llorar), no puedo evitar sentir cierta tristeza por dejar de estar con Valentina. La pequeña burbuja que compartíamos se ha deshecho en el aire, como ocurre con todas las burbujas del mundo.

Es curioso, por un lado siento que necesito recuperar mi vida y volver a ocupar la mente con otras cosas distintas a pañales, biberones y carritos de bebé, pero por otro no puedo evitar ese sentimiento de pérdida, de desgarro casi, por tener que alejarme de ella. Ser madre tiene algo de funambulista, te pasas la vida tratando de encontrar un perfecto equilibrio intelectual y emocional, una mezcla calibrada de instintos primarios y elaboradas reflexiones. Y esa capacidad se pone a prueba hasta límites insospechados cuando llega este momento. Mañana le diré adiós a Valentina en la puerta de la guardería para marcharme a trabajar y prometo que esta vez, si lloro, lo haré a escondidas. Voy perfeccionando la técnica, soy madre y es lo que hacemos ¿no?

Foto vía Pinterest.

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