Puede que sea algo difícil de entender y tampoco creo que sea el lugar para explayarme sobre mis motivos, que los tengo, pero me considero una esteta. Me gusta la belleza. En cualquiera de sus formas: en la ropa -de hecho fue uno de los motivos por los que empecé con la tienda, para tener a mano la ropa que me gustaba para mi hija-, en el cine, en la música, en la decoración… La belleza con mayúsculas, ésa que se manifiesta de muchas maneras pero que es, al fin y al cabo.

Antes de que nacieran Lola y Valentina tenía claro que ésa sería una de las cosas más importantes que trataría de inculcarles. No lo tenía previsto por ningún afán frívolo (que también, bendita frivolidad), sino porque creo que las personas que entienden, valoran y buscan la belleza son más felices. Ni más ni menos.

Al principio mi misión fue pan comido: le ponía la ropa que quería, aquella que me esmeraba en encontrar, prendas delicadas, poco comunes…; le ponía dibujos animados clásicos, incluso las aplicaciones del iPad debían pasar un filtro estético (hay algunas sencillamente maravillosas, como las que hacen Fox & Sheep), le compraba las ediciones de cuentos más bonitas que encontraba en las librerías y en casa siempre pinchábamos buena música, fuera del tipo que fuera, desde Rufus Wainwright, hasta De La Soul, pasando por Devendra Banhart. Solo valía lo bello. No importaba en qué sentido lo fuera, pero que lo fuera.

Pero poco a poco ese muro de belleza comenzó a resquebrajarse: el mundo de Lola se ensanchaba a pasos agigantados más allá de mi círculo de influencia y su abanico de gustos comenzó a ampliarse al mismo ritmo. De repente empezaron a gustarle dibujos, canciones y cuentos con un dudoso concepto de la estética. Y entonces comprendí uno de los grandes axiomas de la maternidad: la perfección no existe, en ningún sentido, bajo ningún concepto ni a costa de ningún esfuerzo, por grande que éste sea. Se parece bastante a tratar de tener la casa limpia y ordenada: habrá momentos -pequeñísimos, fugaces- en los que todo se parecerá bastante a la idea de casa que tienes en la cabeza, pero el resto del tiempo será un caos increíble de muñecos tirados en cualquier rincón, pelotas que aparecen debajo de cada mueble, pegatinas amontonadas en los cristales, garabatos en la mesa de madera nórdica (ideal, claro) que acabas de comprar…

Con la belleza y los niños pasa lo mismo: es una lucha a priori perdida, completamente inútil, pero hay que librarla cada día, sin faltar ni uno solo, porque aunque tengan fases en las que amen sin remedio la combinación rosa/morado, los dibujos animados más feos que puedan existir y el Cantajuegos (el epítome de la fealdad), estoy segura de que los estampados sutiles, las notas de ‘Baby’ cantadas por Devendra y las ilustraciones bonitas acabarán surtiendo su místico efecto. El resto será parte de ese encantador fondo extravagante que todos tenemos y sin el que la belleza sería completamente innecesaria.

Un puñado de cosas bonitas.  Foto: Pinterest

Un puñado de cosas bonitas.
Foto: Pinterest