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Despedidas en el Alentejo

Fuimos a Portugal cuando estaba embarazada de Lola y ahora, dos años y medio después, hemos vuelto estando embarazada de Valentina. El destino se ha convertido, sin pretenderlo, en nuestro territorio personal para las despedidas: primero le dijimos adiós a ser dos, esta vez fue un ‘hasta siempre’ a ser tres. Así que, a pesar de que me encanta Portugal, no puedo evitar que mis recuerdos allí estén envueltos en una cierta nostalgia.

Nos perdimos en el Alentejo, una zona que aún no conocíamos y que reunía los  dos únicos requisitos que buscábamos: que no estuviera muy lejos y que fuera tranquila. Encontramos un hotel maravilloso que todavía no he podido sacarme de la cabeza, aunque más que un hotel es la casa que François y Jean-Christophe comparten a veces con personas que compartan su sensibilidad por las cosas bonitas: Villa Extramuros, que es el nombre que decidieron darle a la materialización de su sueño, se convirtió durante cuatro días en nuestra casa. Más bien en la casa que nosotros, sin saberlo, también deseamos tener.

La lista de cosas que hicimos es tan básica como infalible para el alma: tratar de llamar la atención de las ovejas que comían ajenas a todo en el campo que rodea la casa, intentar (sin demasiado éxito) hacernos amigos de los gatos de François y Jean-Christophe, seguir con la mirada un instante de la vida de cualquier insecto que encontrábamos a nuestro paso, comer mucho y mejor, dormir más todavía y, lo mejor de todo, remolonear todo lo posible. En definitiva, descansar un poco y disfrutar de Lola, dos conceptos completamente antagónicos que conseguíamos hacer compatibles a ratos.

Ya falta muy poco para que llegue Valentina y no podemos estar más felices -Lola incluida-, pero tengo que reconocer que estos días en el Alentejo no he podido evitar sentir cierta pena por compartir nuestra íntima complicidad con alguien más, miedo a que a Lola le cueste encontrar su sitio y un poco de vértigo por la cantidad de trabajo que nos espera a la vuelta de la esquina.

Pero a quién quiero engañar, en el fondo estoy deseando que llegue y comprobar qué pasa…

Uno de nuestros rincones favoritos de la casa.

Uno de nuestros rincones favoritos de la casa.

El comedor donde desayunábamos todas las mañanas.

El comedor donde desayunábamos todas las mañanas.

El patio central de la casa.

Detalles de Villa Extramuros.

La colección de cristal de François y Jean-Christophe.

La colección de cristal de François y Jean-Christophe.

Atardecer desde la terraza de nuestra habitación.

Atardecer desde la terraza de nuestra habitación.

 

Viajar con ellos

Cuando me quedé embarazada de Lola hice una lista mental no demasiado larga pero innegociable de cosas que iba a tratar de mantener igual que antes de ser madre. Solo eran 3 o 4, incluir más me parecía ya entonces descabellado, y ahora con perspectiva me doy cuenta de que hubiera sido inútil pretender alargarla. Una de ellas era viajar.

Cuando sólo éramos dos (esa circunstancia que ahora parece tan lejana) tratábamos de viajar todo lo que podíamos: intentábamos hacer un viaje grande al año (Japón, Estados Unidos, Vietnam…) e intercalábamos pequeñas escapadas más accesibles entre medias para no perder la costumbre. Somos curiosos por naturaleza y nos gusta estar aquí y allá, probar el mundo y probarnos a nosotros mismos.

Entendí que cuando eres madre todo se complica pero, precisamente por eso no puedes renunciar a ciertas cosas que amas. No sólo por una cuestión puramente egoísta, que también, sino porque tener hijos también significa transmitirles todas las cosas que te gustan con pasión. Y eso incluye lecciones prácticas. Y descubrimos que no era tan complicado, es sólo cuestión de aplicar el sentido común y ponerle muchas ganas: quizá ya no podríamos hacer viajes largos, improvisando dónde dormir y actuando por la ley del deseo (al menos no mientras Lola fuera un bebé), pero descubrimos que Airbnb tiene casas maravillosas en las que sentirse como en ídem, que hay que aguantar estoicamente algunas miradas inquisidoras cuando Lola llora en el avión y que hay que tomarse las cosas con más calma y respetar algunos horarios (con flexibilidad, claro). Siguiendo esas pautas tan sencillas, es perfectamente posible seguir viajando después de ser madre.

La prueba de fuego para nosotros fue Dinamarca, pero pocos meses después nos animamos con París y el verano pasado con la Provenza. Y aunque me da pena que Lola no vaya a acordarse de nada, sí que creo que de alguna manera u otra todas esas experiencias le darán una cierta visión del mundo y harán de viajar una norma habitual en su pequeño universo. Al menos eso me gusta pensar.

A finales de esta semana nos iremos al Alentejo para despedirnos de ser tres (de la misma manera que su padre y yo nos fuimos de baby moon antes de que naciera ella) y aunque a veces se me haga un poco cuesta arriba la logística (un concepto que inunda mi vida doméstica desde que soy madre) y habrá que hacer acopio de chocolate y cargar bien la batería del iPad para el coche, lo cierto es que me hace la misma ilusión que cuando planeamos los viajes que hicimos cuando éramos solo dos.

Ser madre ya te cambia lo suficiente la vida como para instalarse en la pereza y abandonarse del todo a la rutina. Eso sería lo más fácil, pero también lo que más rápidamente te convertiría en una persona completamente distinta de la que eras antes de tener hijos. Y seguro que ellos prefieren vivir la versión original, sea cual sea.

Lola, Javi y los campos de la Provenza al fondo.

Lola, Javi y los campos de la Provenza al fondo.

Cosas que me hacen feliz (en verano)

Es verano y hace calor, mucho calor. Lo que para mucho es un rollo, para mí es mi hábitat natural. Soy sureña y el sol me carga de energía, me da ganas de hacer todos los planes del mundo y de disfrutar fuera de casa.

En verano soy feliz y punto. Pero esta es la lista de cosas que me hacen aún más feliz:

– Ver cómo Lola le pierde cada vez más el miedo -y el respeto- al agua en la piscina, cómo se como la arena en la playa, la desconfianza que le producen las olas, a las que solo mira de reojo… Disfrutar de cómo se enfrenta a cantidad de cosas por primera vez (qué difícil será cuando ya no nos queden primeras veces…) y volver a recordar mis propias primeras veces a través de ella.

– Saltarme su rutina, ésa que respeto como un mantra sagrado durante el año, pero que me encanta relajar en verano. Que se acurruque en mis brazos, que me busque para entregarse al sueño cuando hace rato ya que debería estar durmiendo en su cuna. Ocurre muy poco, puedo contar las veces con los dedos de una mano -eso significaría que tiene que parar y Lola nunca para- pero cuando lo ha hecho es algo mágico. Quisiera congelarlo para siempre.

– Volvernos todos un poco más salvajes de la cuenta: que el pelo se nos enrede y se nos ponga de cualquier manera después de pasar por el agua, el sol y la brisa, gritar con cualquier excusa, ensuciarnos y que no importe nada, saltar encima de cualquier superficie blanda que se nos ponga por delante… En verano todos somos un poco trogloditas, perdemos las formas cuando nadie nos ve y nos lanzamos con frenesí a la dejadez. No puede gustarme más el plan.

En verano todo es más fácil, más espontáneo, más de verdad.

El verano de nuestra vida

Ya no habrá más primer beso,
ni caminatas infinitas en busca de playas desiertas.
Ya no habrá baños desnudos de madrugada,
ni secarnos después mirando la luna llena.
Se acabaron lo road trips improvisados
y los moteles de carretera.
Puede que ya no haya más ‘la última y nos vamos’
ni resacas épicas que se multiplican por mil bajo un sol de justicia.
Ya no fumaremos aquel cigarrillo recién salidos del mar,
ni volveremos a aquel espigón donde empezó todo,
este verano no…

Este verano compartiremos un colchón los tres,
y contemplaremos cómo amanece desde la ventana,
te enseñaremos que el mar es infinito
y la arena un material mágico con el que poder construir tus sueños,
dormiremos juntos la siesta,
o mejor, te miraremos mientras tú la duermes tratando de congelar ese momento.
Este verano cantaremos canciones en el coche
para que no pienses en cuánto queda para llegar,
haremos la vista gorda cuando te manches, cuando comas lo que quieras e incluso cuando te caigas,
nos ducharemos juntos para apenas vestirnos luego
y que así la brisa nos seque despacio la espalda,
este verano…
será el verano de nuestra vida.

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Este fin de semana…

Sonreír, bailar, dormir, jugar, saltar, comer, remolonear, cantar, gritar, sorprender, correr, acariciar, mirar, aprender, soñar, acurrucar, besar, oler, saborear, probar, retar, pintar, sentir, ensuciar, mojar, compartir, pasear, buscar, subir, tocar, abrazar, desear…

Y sólo 48 horas por delante. Feliz fin de semana.

Audrey Hepburn, Mel Ferrer y su hijo Sean.

Audrey Hepburn, Mel Ferrer y su hijo Sean.