Posts en esta categoría: Lola loves

Lista de supervivencia

Cosas que sí:

– Los sábados por la mañana, cuando tú y yo solo queremos dormir media hora más y fingimos que no hay nadie más en casa y, no sé muy bien cómo, acabamos separados por Lola y Valentina dando grititos y quiténdose el chupete una a la otra (*Nota mental: conseguir que Lola deje de usar chupete para dormir).

– Dejarlas solas en el salón y oír cómo Lola cuida de Valentina. “¡Valentiiiiiiina! No, eso no se coge, que te vas a hacer daño chiquitina… ¡Mamaaaaaaaaá! ¡Valentina se está acercando a la bici!”.

– Cuando vuelves de esa absurda ciudad en la que vives de lunes a viernes.

– Llevar a Lola al colegio por las mañanas, que me coja de la mano durante el camino hasta el autobús, que me cuente sus historias durante el trayecto y que todos los días -todos- me pregunte si la invito a un macaron de fresa, cuando sabe de sobra que voy a hacerlo.

– La cortina de vapor de una ducha muy larga y con el agua muy caliente con la voz de Cat Power sonando de fondo.

– Oír a Valentina haciendo ruiditos en la cuna y acercarme despacio para mirarla a escondidas hasta que me descubre espiándola. Y, cuando esto ocurre, que me sonría muy fuerte y empiece a dar patadas como una loca.

– Que se duerman pronto y tumbarnos en el sofá a comer helado de nueces de macadamia.

– Llegar a casa y que vengan corriendo a darte un beso. Lo sé, es un topicazo, pero nunca tienes suficiente de esto.

Cosas que no:

– Todo lo demás.

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Empezar de nuevo

Hoy es el último día de mi baja por maternidad y el cielo está tan gris y nublado como mi ánimo. Han sido cinco intensos meses de intimidad con Valentina, cinco meses en los que hemos aprendido a conocernos, a reconocernos y, también -claro- a querernos. Y ahora ha llegado el momento de cambiarlo todo, de despegarse y vivir cada una sin la otra. De vivir solas.

Y aunque finjo bastante bien que no pasa nada porque sé perfectamente de qué va eso de separarse de un bebé, en el fondo no puedo evitar sentir ese sentimiento de culpa universal que todas las mujeres heredamos en el preciso momento en que nos convertirmos en madres. Y a pesar de tener la situación mucho más controlada que con Lola (me costó una semana -una semana entera- conseguir entrar en la guardería sin ponerme a llorar), no puedo evitar sentir cierta tristeza por dejar de estar con Valentina. La pequeña burbuja que compartíamos se ha deshecho en el aire, como ocurre con todas las burbujas del mundo.

Es curioso, por un lado siento que necesito recuperar mi vida y volver a ocupar la mente con otras cosas distintas a pañales, biberones y carritos de bebé, pero por otro no puedo evitar ese sentimiento de pérdida, de desgarro casi, por tener que alejarme de ella. Ser madre tiene algo de funambulista, te pasas la vida tratando de encontrar un perfecto equilibrio intelectual y emocional, una mezcla calibrada de instintos primarios y elaboradas reflexiones. Y esa capacidad se pone a prueba hasta límites insospechados cuando llega este momento. Mañana le diré adiós a Valentina en la puerta de la guardería para marcharme a trabajar y prometo que esta vez, si lloro, lo haré a escondidas. Voy perfeccionando la técnica, soy madre y es lo que hacemos ¿no?

Foto vía Pinterest.

Foto vía Pinterest.

En la cuerda floja

Vivir con un niño de tres años es bastante parecido a subir en una montaña rusa: nunca sabes lo que vendrá después de la próxima curva, pero sea lo que sea, te pillará por sorpresa. Para alguien tranquilo y de naturaleza cartesiana, como yo, resulta una de las cosas más desconcertantes de tener hijos. Es decir, es maravillosa la espontaneidad, la imaginación y el factor inesperado. No tengo nada en contra de eso, más bien al contrario, me parece una delicia comprobar cómo se comporta un ser humano sin casi filtro de ningún tipo, eso es en definitiva ser un niño.

Lo que no acabo de entender es cómo funciona su pequeño sistema emocional a veces. Puede ocurrir que le regales algo que estabas completamente segura que le iba a hacer levitar de alegría y que tu hijo lo acabe mirando con una expresión de indiferencia mal disimulada, puede que le prepares para cenar las típicas verduras que hace dos días te costaron un berrinche y que hoy se las zampe en menos de cinco minutos, puede que te diga ‘mami, te quiero’ y que se limpie el beso que le acabas de estampar ante su declaración de amor… A eso me refiero, a esos brotes de locura transitoria, que hacen que cada día -cada minuto del día, mejor- sea una aventura.

Me recuerda a esos libros que leíamos de niños en los que ibas escogiendo el desarrollo de la trama saltando de una página a otra y la historia se iba hilvanando a base de acontecimientos excéntricos y cada vez más locos. Esos libros me parecen el guión más adecuado para filmar la historia de un día con un niño de tres años. Y aunque a veces sea agotador no saber leer las señales, preveer reacciones e intuir qué pasará a continuación, ése es parte del encanto: saber que todos esos destellos de locura son capítulos de un libro desordenado y genial. El mejor best seller que hayas leído nunca.

Foto de JGG.

Foto de JGG.

 

Todo empieza ahora

Septiembre es una hoja en blanco, un cuaderno nuevo que estás deseando llenar de anotaciones al margen, listas absurdas, recordatorios que sólo tú entiendes y citas que puede que nunca se produzcan. Septiembre está lleno de buenas intenciones y aunque no todas terminen de hacerse realidad, me gusta el olor a nuevo y las ganas de todo.

En septiembre Lola empezó el colegio -‘el cole de mayores’- y recordé lo difíciles que son los comienzos de casi todo y lo poco que importa que te digan, una y otra vez, lo mucho que acabará gustándote. Hay cosas -en realidad, la mayoría- que solo puedes aprender a apreciar tú solo, que nadie puede explicarte cómo será, ni las sensaciones que tendrás. Y aunque al final acaben gustándote, es inevitable sentir vértigo al principio. Y ahí está Lola ahora, justo al borde, decidiendo si le gusta o no, si sonríe o llora por las mañanas, haciéndose a la idea, incómoda por el cambio.

Al final es eso, el cambio, esa dichosa palabra que proporciona el mismo dolor y placer a partes iguales. Una sensación nueva para ella (otra de las incontables primeras veces) y una prueba irrefutable de un hecho: que irremediablemente se hace mayor. Y aunque ella no lo sepa estoy experimentado la misma sensación, la misma emoción disfrazada de miedo. Se hace mayor, me digo bajito y sonrío con un velo de tristeza.

Todas las primeras veces

Casi he perdido la cuenta de las parejas de amigos que están embarazados en este momento, la mayoría de su primer bebé. Y justo después de superar la sorpresa y la emoción inicial cuando te comunican la noticia, no puedo evitar pensar en todas y cada una de las sensaciones que deben estar experimentando ahora, en todo lo que sentí yo entonces. El delicioso vértigo de la primera vez. De todas las primeras veces del mundo.

La primera vez que oyes su latido, la primera ecografía, el primer burbujeo en la barriga… De hecho, puede que estar embarazada sea la gran primera vez. Y lo que viene después de esos 9 meses es una continuación de primeras veces, tuyas pero también de una persona nueva, un continuo estreno, un debut infinito. Y lo más increíble es que esa secuencia no acaba nunca y, a pesar de que a veces el factor sorpresa y el desconocimiento pueden ser agotadores, no se me ocurre un plan de vida mejor que tener la eterna promesa de lo nuevo. Al fin y al cabo, la experiencia no es tan imprescindible como cuentan por ahí.

Felices (y eternas) primeras veces.

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La grande bellezza

Puede que sea algo difícil de entender y tampoco creo que sea el lugar para explayarme sobre mis motivos, que los tengo, pero me considero una esteta. Me gusta la belleza. En cualquiera de sus formas: en la ropa -de hecho fue uno de los motivos por los que empecé con la tienda, para tener a mano la ropa que me gustaba para mi hija-, en el cine, en la música, en la decoración… La belleza con mayúsculas, ésa que se manifiesta de muchas maneras pero que es, al fin y al cabo.

Antes de que nacieran Lola y Valentina tenía claro que ésa sería una de las cosas más importantes que trataría de inculcarles. No lo tenía previsto por ningún afán frívolo (que también, bendita frivolidad), sino porque creo que las personas que entienden, valoran y buscan la belleza son más felices. Ni más ni menos.

Al principio mi misión fue pan comido: le ponía la ropa que quería, aquella que me esmeraba en encontrar, prendas delicadas, poco comunes…; le ponía dibujos animados clásicos, incluso las aplicaciones del iPad debían pasar un filtro estético (hay algunas sencillamente maravillosas, como las que hacen Fox & Sheep), le compraba las ediciones de cuentos más bonitas que encontraba en las librerías y en casa siempre pinchábamos buena música, fuera del tipo que fuera, desde Rufus Wainwright, hasta De La Soul, pasando por Devendra Banhart. Solo valía lo bello. No importaba en qué sentido lo fuera, pero que lo fuera.

Pero poco a poco ese muro de belleza comenzó a resquebrajarse: el mundo de Lola se ensanchaba a pasos agigantados más allá de mi círculo de influencia y su abanico de gustos comenzó a ampliarse al mismo ritmo. De repente empezaron a gustarle dibujos, canciones y cuentos con un dudoso concepto de la estética. Y entonces comprendí uno de los grandes axiomas de la maternidad: la perfección no existe, en ningún sentido, bajo ningún concepto ni a costa de ningún esfuerzo, por grande que éste sea. Se parece bastante a tratar de tener la casa limpia y ordenada: habrá momentos -pequeñísimos, fugaces- en los que todo se parecerá bastante a la idea de casa que tienes en la cabeza, pero el resto del tiempo será un caos increíble de muñecos tirados en cualquier rincón, pelotas que aparecen debajo de cada mueble, pegatinas amontonadas en los cristales, garabatos en la mesa de madera nórdica (ideal, claro) que acabas de comprar…

Con la belleza y los niños pasa lo mismo: es una lucha a priori perdida, completamente inútil, pero hay que librarla cada día, sin faltar ni uno solo, porque aunque tengan fases en las que amen sin remedio la combinación rosa/morado, los dibujos animados más feos que puedan existir y el Cantajuegos (el epítome de la fealdad), estoy segura de que los estampados sutiles, las notas de ‘Baby’ cantadas por Devendra y las ilustraciones bonitas acabarán surtiendo su místico efecto. El resto será parte de ese encantador fondo extravagante que todos tenemos y sin el que la belleza sería completamente innecesaria.

Un puñado de cosas bonitas.  Foto: Pinterest

Un puñado de cosas bonitas.
Foto: Pinterest

Segundas vidas, segundas oportunidades

Voy a intentar escribir esta entrada sin afectación, sin caer en la cursilería ni en el sentimentalismo fácil. Voy a intentar no llorar mientras lo escribo. No prometo nada, ha pasado justo una semana desde que llegó Valentina y las hormonas no me lo están poniendo precisamente fácil. Pero lo voy a intentar. Voy a tratar de contar cómo es esto de volver a ser madre de la manera más sincera posible, con toda la sensibilidad del mundo pero sin chutes de espiritualidad mal entendida. Veremos qué sale.

Las segundas veces -nunca, nunca- son como las primeras. Y esta afirmación tan obvia como rotunda no tiene nada de desencanto ni de decepción. Pierdes el factor sorpresa, la emoción de la incertidumbre y el miedo a lo desconocido. Pero ese hueco vacío sirve para llenarlo con otro tipo de experiencias. Yo ya tenía una hija, me sabía el guión al dedillo, pero lo que no sabía era cómo iba a resultar la suma ‘hija + hija’, ni desde mi punto de vista ni desde el de Lola. Y para mí, esta segunda maternidad, ha ido sobre todo de eso, de las distintas perspectivas del número 2.

Una semana después de que Valentina haya llegado a nuestras vidas puedo decir, mientras exhalo un profundo suspiro de tranquilidad, que Lola la adora: la acaricia con suavidad, le da besos súper tiernos y yo… Yo alucino de que alguien tan pequeño tenga ese instinto de protección con alguien aún más pequeño. Eso sí, ese cariño fraternal es directamente proporcional a la rebeldía indiscriminada que se gasta con su padre y conmigo. Supongo que debe ser así, al final nosotros somos los culpables de que le haya cambiado la vida de repente y para siempre.

Y aunque esta semana haya batido su propio récord de pataletas injustificadas, cuando va corriendo a ponerle el chupete a Valentina cuando lloriquea y le dice bajito ‘no pasa nada’ mientras le acaricia la cabeza, me vengo abajo y pienso que prefiero mil veces que quiera así a su hermana aunque yo sea la persona más impopular de su pequeño mundo en este momento. A veces tendemos a pensar que los sentimientos y las emociones contradictorias son cosas de adultos, pero es alucinante ver cómo gestiona la felicidad, el miedo y la frustración -así, todo junto- una niña de dos años y medio.

Yo no soy la única persona confundida y sensible en casa estos días: Lola, sin saberlo, me acompaña en esta montaña rusa emocional. Y aunque las dos estemos llorando estos días más de la cuenta creo que en el fondo sabemos que no es más que el cosquilleo incómodo que precede a la más absoluta felicidad.

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Dos días

Dos días para tener un hijo (otro), dos días para que Lola tenga una hermana, dos días para que la vida cambie otra vez. Dos días. Algo menos, técnicamente. Vértigo.

Luego ocurre como con todas las cosas que importan, como ese momento concretísimo en el que te das cuenta que él es el hombre de tu vida o como cuando todo se para frente a una playa casi desierta a última hora de una tarde de verano: que pasan tan rápido que lo único que puedes hacer es disimular un poco tu cara de póker, aparentar que controlas la situación y dejarte llevar.

Duran tan poco que he decidido comenzar a exprimir esos momentos desde mucho antes, tanto como pueda, pero no con ansiedad ni con obsesión, sino empezando a vislumbrar un poco la maravillosa sensación que vendrá luego. Como cuando hueles el aire justo antes de que comience la lluvia o como cuando recorres con la mirada tu plato de comida preferido antes de hincarle el diente. Porque la experiencia empieza mucho antes de que ésta empiece y, en el caso de ser madre, eso es exactamente 40 semanas antes. 40 semanas para anticipar la revolución. Ahora apenas quedan dos días y aunque ya siento la brisa que se mueve al otro lado del precipicio no pienso agobiarme por llegar al borde. Voy a disfrutar de estos últimos pasos como si fuera lo único que importa.

Nos vemos ya mismo Valentina.

El clan McCartney, los cuatro magníficos. Foto: Pinterest

El clan McCartney, los cuatro magníficos.
Foto: Pinterest

Placeres (no tan) culpables

– Que cuando metemos a Lola en la cama con nosotros (sí, a veces lo hacemos, saltándonos peligrosamente el manual de padres responsables) me rodee el cuello con su bracito medio dormida.
– Ver fotos bonitas en Instagram y Pinterest. Acumular trocitos de perfecciones en mi memoria visual.
– Contemplar cómo va cambiando la luz en mi habitación en mi día libre.
– Que Lola rechace ayuda casi siempre, venga de quién venga y sea para lo que sea. A veces es un poco frustrante, pero en el fondo me hace feliz que quiera ser independiente desde tan pequeña.
– Que diga ‘po vale’ con un descaro desarmante cada vez que le pido que haga algo (y que por supuesto luego, la mayoría de las veces, no lo haga).
– Su risa nerviosa cuando la empujo muy fuerte en el columpio. Eso lo adoro.
– Escuchar a Rufus Wainwright (esto sola, por favor).
– Ver cómo Lola saluda a sus amigos cuando llegamos a la guardería con un cariño como si hiciera mil años que no se ven.
– Cantar con ella en el coche, aunque sean canciones absurdas (véase villancicos en pleno mes de abril).
– Observarla mientras juega sin que se de cuenta, empezar a ver el tipo de persona que será, que ya es.
– Que me de besitos en la barriga. Aquí me vengo abajo. Lo siento, mis hormonas están a tope.
– Meterla en la cama y sentarnos en el sofá. Volver a ser dos por un rato.

Me faltan un montón por incluir, pero creo que si éstas son las que primero me han venido a la mente es porque deben ser las más importantes. Ahora releo la lista y me doy cuenta de la cantidad de cosas que me gustan y que implican a Lola. Es curioso cómo algunas de estas nuevas sensaciones que tienen que ver con ella van sustituyendo a las antiguas, a las que existían antes que ella, de la manera más natural del mundo, sin traumas, pero sin remedio. No suelo recordar con demasiada nitidez cómo era mi vida antes de ser madre y lo cierto es que esto no me produce ni un poquito de nostalgia. Estoy demasiado ocupada cantando villancicos en abril.

 

 

Un (buen) año

Puede que un año no sea demasiado tiempo pero, como casi todo en la vida, todo varía en función de con qué lo compares. Lola en su primer años de vida dejó de ser un bebé microscópico que sólo dormía y comía para convertirse en un bebé de tamaño aceptable que gateaba a sus anchas por cualquier sitio arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Un gran cambio para sólo 12 meses.

Oh! Baby Lola quizá no haya ido tan deprisa como la personita que la inspiró, pero lo cierto es que tampoco imaginé nunca que cumpliríamos un año con unas circunstancias que no siempre han sido las más favorables del mundo. Pero aquí estamos, o mejor dicho, aquí seguimos.

El próximo 21 de marzo hará un año que nos estrenamos y aunque aún nos queda infinito por aprender, mantenemos la misma ilusión del principio y las mismas ganas de encontrar ropa especial y bonita, dos cosas que se han convertido en nuestra gasolina para funcionar a lo largo de todo este tiempo. Recuerdo todavía a la perfección el nombre y apellido del primer cliente que tuvimos (quitando a familia y amigos, ellos siempre han estado ahí incondicionalmente), el primer desconocido que decidió compartir nuestra emoción por la ropa distinta y genuina. Desde entonces hemos preparado muchos envíos, algunos incluso con destinos recónditos que nunca esperamos. Aún hoy el corazón me da un pequeño vuelco cuando veo que tenemos un nuevo pedido y espero que esa sensación no me abandone nunca.

Por eso, no se nos ocurre mejor manera de celebrar nuestro primer aniversario con un plan muy especial: desde hoy y hasta el próximo domingo 23, todos los pedidos que se hagan en la tienda tendrán un 20% de descuento extra usando el código happybirthday al final de cada compra. Porque al final nada de esto tendría sentido sin toda esa gente que se sienta al otro lado a bucear en nuestras estanterías y a leer estas líneas.

Gracias a todos. Gracias de veras.

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Nunca digas nunca

Cosas que dije que nunca haría cuando fuera madre:

– Perder los nervios con facilidad
– Recurrir a lo de siempre a la hora de prepararle la comida
– Llorar delante de ella
– Hacerme la loca cuando pregunta por enésima vez “¿por qué?”
– Tirar de chocolate para calmar una pataleta
– Frenar su creatividad en favor del orden y la limpieza

La lista podría seguir hasta el infinito, pero creo que con seis puntos ya me siento lo suficientemente mal como para seguir torturándome con la idea de madre que tenía en la cabeza y la madre que al final soy. A veces consigo que una y otra se parezcan, de hecho a veces me engaño y me digo que son la misma persona, que soy exactamente como deseaba ser, pero lo cierto es que no… Hago todas esas cosas de la lista (y muchas más) con demasiada facilidad y me siento culpable por ello demasiado a la ligera, pero también he comprendido que no hay nada más insensato que plegarte a una idea preconcebida y que con los niños es imposible enmascarar lo natural.

Hace poco lloré delante de Lola por primera vez -una de las cosas que juré que no haría porque yo me sentía terriblemente mal cuando veía a mi madre llorar, incluso cuando no era mi culpa- y no ocultarme no sólo no me hizo sentir culpable, sino que fue terriblemente liberador: cuando se dio cuenta se acercó mucho a mí, cogió mi cara entre sus manitas y me preguntó qué me dolía mirándome a los ojos. Sólo necesitaba una respuesta concreta y coherente para seguir con lo que estaba haciendo. Así que se la di y todo volvió a estar bien. Así de fácil, así de mágico y así de natural.

No somos perfectos, pero lo cierto es que a ellos les da exactamente igual.

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Aprender a querer

Esta tarde he leído The reluctant father y me ha dado mucho que pensar. En él, Phillip Toledano, fotógrafo y padre primerizo, relata con bastante sentido del humor cómo había sido para él la experiencia de ser padre. Y, lejos de la explosión de amor desmesurado que dicen sentir de forma natural y como sobrevenida por arte de magia todos los padres del mundo en el mismo instante en el que nacen sus hijos, Toledano no pudo evitar sentir la fuerza de la gravedad, la misma que te empuja hacia las cosas sin remedio, pero sin ninguna conciencia. Y tengo que reconocer que no he podido evitar sentirme bastante identificada con sus palabras.

Los primeros meses de vida de Lola me sentía extrañamente culpable por estar tan perdida en el sentido más amplio de la palabra: no tenía ni idea de cómo cuidar de un bebé, ni era capaz de establecer más afinidad con ella que la que que brota de manera natural, que no es poca, pero tampoco suficiente. La maternidad es puro instinto, pero el amor siempre necesita de un tiempo para llegar y arrasar con todo. Al final, querer a los hijos no es demasiado distinto de enamorarse: uno siente un pálpito inequívoco al principio, pero necesita conocer al otro para que ese vínculo sea para siempre.

Al final todas las grandes historias de amor empiezan del mismo modo y ser madre -la historia de amor más grande y más duradera que pueda existir- no iba a ser una excepción. Así que hoy, como Phillip Toledano, me declaro del lado de aquellos que necesitaron un poco de tiempo para darse cuenta de la increíble relación que estaban comenzando.

Lola con dos meses y medio.

Lola con dos meses y medio.