Placeres (no tan) culpables

– Que cuando metemos a Lola en la cama con nosotros (sí, a veces lo hacemos, saltándonos peligrosamente el manual de padres responsables) me rodee el cuello con su bracito medio dormida.
– Ver fotos bonitas en Instagram y Pinterest. Acumular trocitos de perfecciones en mi memoria visual.
– Contemplar cómo va cambiando la luz en mi habitación en mi día libre.
– Que Lola rechace ayuda casi siempre, venga de quién venga y sea para lo que sea. A veces es un poco frustrante, pero en el fondo me hace feliz que quiera ser independiente desde tan pequeña.
– Que diga ‘po vale’ con un descaro desarmante cada vez que le pido que haga algo (y que por supuesto luego, la mayoría de las veces, no lo haga).
– Su risa nerviosa cuando la empujo muy fuerte en el columpio. Eso lo adoro.
– Escuchar a Rufus Wainwright (esto sola, por favor).
– Ver cómo Lola saluda a sus amigos cuando llegamos a la guardería con un cariño como si hiciera mil años que no se ven.
– Cantar con ella en el coche, aunque sean canciones absurdas (véase villancicos en pleno mes de abril).
– Observarla mientras juega sin que se de cuenta, empezar a ver el tipo de persona que será, que ya es.
– Que me de besitos en la barriga. Aquí me vengo abajo. Lo siento, mis hormonas están a tope.
– Meterla en la cama y sentarnos en el sofá. Volver a ser dos por un rato.

Me faltan un montón por incluir, pero creo que si éstas son las que primero me han venido a la mente es porque deben ser las más importantes. Ahora releo la lista y me doy cuenta de la cantidad de cosas que me gustan y que implican a Lola. Es curioso cómo algunas de estas nuevas sensaciones que tienen que ver con ella van sustituyendo a las antiguas, a las que existían antes que ella, de la manera más natural del mundo, sin traumas, pero sin remedio. No suelo recordar con demasiada nitidez cómo era mi vida antes de ser madre y lo cierto es que esto no me produce ni un poquito de nostalgia. Estoy demasiado ocupada cantando villancicos en abril.

 

 

Despedidas en el Alentejo

Fuimos a Portugal cuando estaba embarazada de Lola y ahora, dos años y medio después, hemos vuelto estando embarazada de Valentina. El destino se ha convertido, sin pretenderlo, en nuestro territorio personal para las despedidas: primero le dijimos adiós a ser dos, esta vez fue un ‘hasta siempre’ a ser tres. Así que, a pesar de que me encanta Portugal, no puedo evitar que mis recuerdos allí estén envueltos en una cierta nostalgia.

Nos perdimos en el Alentejo, una zona que aún no conocíamos y que reunía los  dos únicos requisitos que buscábamos: que no estuviera muy lejos y que fuera tranquila. Encontramos un hotel maravilloso que todavía no he podido sacarme de la cabeza, aunque más que un hotel es la casa que François y Jean-Christophe comparten a veces con personas que compartan su sensibilidad por las cosas bonitas: Villa Extramuros, que es el nombre que decidieron darle a la materialización de su sueño, se convirtió durante cuatro días en nuestra casa. Más bien en la casa que nosotros, sin saberlo, también deseamos tener.

La lista de cosas que hicimos es tan básica como infalible para el alma: tratar de llamar la atención de las ovejas que comían ajenas a todo en el campo que rodea la casa, intentar (sin demasiado éxito) hacernos amigos de los gatos de François y Jean-Christophe, seguir con la mirada un instante de la vida de cualquier insecto que encontrábamos a nuestro paso, comer mucho y mejor, dormir más todavía y, lo mejor de todo, remolonear todo lo posible. En definitiva, descansar un poco y disfrutar de Lola, dos conceptos completamente antagónicos que conseguíamos hacer compatibles a ratos.

Ya falta muy poco para que llegue Valentina y no podemos estar más felices -Lola incluida-, pero tengo que reconocer que estos días en el Alentejo no he podido evitar sentir cierta pena por compartir nuestra íntima complicidad con alguien más, miedo a que a Lola le cueste encontrar su sitio y un poco de vértigo por la cantidad de trabajo que nos espera a la vuelta de la esquina.

Pero a quién quiero engañar, en el fondo estoy deseando que llegue y comprobar qué pasa…

Uno de nuestros rincones favoritos de la casa.

Uno de nuestros rincones favoritos de la casa.

El comedor donde desayunábamos todas las mañanas.

El comedor donde desayunábamos todas las mañanas.

El patio central de la casa.

Detalles de Villa Extramuros.

La colección de cristal de François y Jean-Christophe.

La colección de cristal de François y Jean-Christophe.

Atardecer desde la terraza de nuestra habitación.

Atardecer desde la terraza de nuestra habitación.

 

Viajar con ellos

Cuando me quedé embarazada de Lola hice una lista mental no demasiado larga pero innegociable de cosas que iba a tratar de mantener igual que antes de ser madre. Solo eran 3 o 4, incluir más me parecía ya entonces descabellado, y ahora con perspectiva me doy cuenta de que hubiera sido inútil pretender alargarla. Una de ellas era viajar.

Cuando sólo éramos dos (esa circunstancia que ahora parece tan lejana) tratábamos de viajar todo lo que podíamos: intentábamos hacer un viaje grande al año (Japón, Estados Unidos, Vietnam…) e intercalábamos pequeñas escapadas más accesibles entre medias para no perder la costumbre. Somos curiosos por naturaleza y nos gusta estar aquí y allá, probar el mundo y probarnos a nosotros mismos.

Entendí que cuando eres madre todo se complica pero, precisamente por eso no puedes renunciar a ciertas cosas que amas. No sólo por una cuestión puramente egoísta, que también, sino porque tener hijos también significa transmitirles todas las cosas que te gustan con pasión. Y eso incluye lecciones prácticas. Y descubrimos que no era tan complicado, es sólo cuestión de aplicar el sentido común y ponerle muchas ganas: quizá ya no podríamos hacer viajes largos, improvisando dónde dormir y actuando por la ley del deseo (al menos no mientras Lola fuera un bebé), pero descubrimos que Airbnb tiene casas maravillosas en las que sentirse como en ídem, que hay que aguantar estoicamente algunas miradas inquisidoras cuando Lola llora en el avión y que hay que tomarse las cosas con más calma y respetar algunos horarios (con flexibilidad, claro). Siguiendo esas pautas tan sencillas, es perfectamente posible seguir viajando después de ser madre.

La prueba de fuego para nosotros fue Dinamarca, pero pocos meses después nos animamos con París y el verano pasado con la Provenza. Y aunque me da pena que Lola no vaya a acordarse de nada, sí que creo que de alguna manera u otra todas esas experiencias le darán una cierta visión del mundo y harán de viajar una norma habitual en su pequeño universo. Al menos eso me gusta pensar.

A finales de esta semana nos iremos al Alentejo para despedirnos de ser tres (de la misma manera que su padre y yo nos fuimos de baby moon antes de que naciera ella) y aunque a veces se me haga un poco cuesta arriba la logística (un concepto que inunda mi vida doméstica desde que soy madre) y habrá que hacer acopio de chocolate y cargar bien la batería del iPad para el coche, lo cierto es que me hace la misma ilusión que cuando planeamos los viajes que hicimos cuando éramos solo dos.

Ser madre ya te cambia lo suficiente la vida como para instalarse en la pereza y abandonarse del todo a la rutina. Eso sería lo más fácil, pero también lo que más rápidamente te convertiría en una persona completamente distinta de la que eras antes de tener hijos. Y seguro que ellos prefieren vivir la versión original, sea cual sea.

Lola, Javi y los campos de la Provenza al fondo.

Lola, Javi y los campos de la Provenza al fondo.

Un (buen) año

Puede que un año no sea demasiado tiempo pero, como casi todo en la vida, todo varía en función de con qué lo compares. Lola en su primer años de vida dejó de ser un bebé microscópico que sólo dormía y comía para convertirse en un bebé de tamaño aceptable que gateaba a sus anchas por cualquier sitio arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Un gran cambio para sólo 12 meses.

Oh! Baby Lola quizá no haya ido tan deprisa como la personita que la inspiró, pero lo cierto es que tampoco imaginé nunca que cumpliríamos un año con unas circunstancias que no siempre han sido las más favorables del mundo. Pero aquí estamos, o mejor dicho, aquí seguimos.

El próximo 21 de marzo hará un año que nos estrenamos y aunque aún nos queda infinito por aprender, mantenemos la misma ilusión del principio y las mismas ganas de encontrar ropa especial y bonita, dos cosas que se han convertido en nuestra gasolina para funcionar a lo largo de todo este tiempo. Recuerdo todavía a la perfección el nombre y apellido del primer cliente que tuvimos (quitando a familia y amigos, ellos siempre han estado ahí incondicionalmente), el primer desconocido que decidió compartir nuestra emoción por la ropa distinta y genuina. Desde entonces hemos preparado muchos envíos, algunos incluso con destinos recónditos que nunca esperamos. Aún hoy el corazón me da un pequeño vuelco cuando veo que tenemos un nuevo pedido y espero que esa sensación no me abandone nunca.

Por eso, no se nos ocurre mejor manera de celebrar nuestro primer aniversario con un plan muy especial: desde hoy y hasta el próximo domingo 23, todos los pedidos que se hagan en la tienda tendrán un 20% de descuento extra usando el código happybirthday al final de cada compra. Porque al final nada de esto tendría sentido sin toda esa gente que se sienta al otro lado a bucear en nuestras estanterías y a leer estas líneas.

Gracias a todos. Gracias de veras.

cd3b94774ba339103315ff6ea0cfe79c

Nunca digas nunca

Cosas que dije que nunca haría cuando fuera madre:

– Perder los nervios con facilidad
– Recurrir a lo de siempre a la hora de prepararle la comida
– Llorar delante de ella
– Hacerme la loca cuando pregunta por enésima vez “¿por qué?”
– Tirar de chocolate para calmar una pataleta
– Frenar su creatividad en favor del orden y la limpieza

La lista podría seguir hasta el infinito, pero creo que con seis puntos ya me siento lo suficientemente mal como para seguir torturándome con la idea de madre que tenía en la cabeza y la madre que al final soy. A veces consigo que una y otra se parezcan, de hecho a veces me engaño y me digo que son la misma persona, que soy exactamente como deseaba ser, pero lo cierto es que no… Hago todas esas cosas de la lista (y muchas más) con demasiada facilidad y me siento culpable por ello demasiado a la ligera, pero también he comprendido que no hay nada más insensato que plegarte a una idea preconcebida y que con los niños es imposible enmascarar lo natural.

Hace poco lloré delante de Lola por primera vez -una de las cosas que juré que no haría porque yo me sentía terriblemente mal cuando veía a mi madre llorar, incluso cuando no era mi culpa- y no ocultarme no sólo no me hizo sentir culpable, sino que fue terriblemente liberador: cuando se dio cuenta se acercó mucho a mí, cogió mi cara entre sus manitas y me preguntó qué me dolía mirándome a los ojos. Sólo necesitaba una respuesta concreta y coherente para seguir con lo que estaba haciendo. Así que se la di y todo volvió a estar bien. Así de fácil, así de mágico y así de natural.

No somos perfectos, pero lo cierto es que a ellos les da exactamente igual.

9d6483d1f153f5ae2fd65d463f28bb50

Aprender a querer

Esta tarde he leído The reluctant father y me ha dado mucho que pensar. En él, Phillip Toledano, fotógrafo y padre primerizo, relata con bastante sentido del humor cómo había sido para él la experiencia de ser padre. Y, lejos de la explosión de amor desmesurado que dicen sentir de forma natural y como sobrevenida por arte de magia todos los padres del mundo en el mismo instante en el que nacen sus hijos, Toledano no pudo evitar sentir la fuerza de la gravedad, la misma que te empuja hacia las cosas sin remedio, pero sin ninguna conciencia. Y tengo que reconocer que no he podido evitar sentirme bastante identificada con sus palabras.

Los primeros meses de vida de Lola me sentía extrañamente culpable por estar tan perdida en el sentido más amplio de la palabra: no tenía ni idea de cómo cuidar de un bebé, ni era capaz de establecer más afinidad con ella que la que que brota de manera natural, que no es poca, pero tampoco suficiente. La maternidad es puro instinto, pero el amor siempre necesita de un tiempo para llegar y arrasar con todo. Al final, querer a los hijos no es demasiado distinto de enamorarse: uno siente un pálpito inequívoco al principio, pero necesita conocer al otro para que ese vínculo sea para siempre.

Al final todas las grandes historias de amor empiezan del mismo modo y ser madre -la historia de amor más grande y más duradera que pueda existir- no iba a ser una excepción. Así que hoy, como Phillip Toledano, me declaro del lado de aquellos que necesitaron un poco de tiempo para darse cuenta de la increíble relación que estaban comenzando.

Lola con dos meses y medio.

Lola con dos meses y medio.

 

A Lola le gusta… (27 meses)

  1. Que le lea cuentos para dormir (¡sí, por fin! Me hace mucha ilusión que se quede así dormidita).
  2. Preparar todo tipo de comidas imaginarias y completamente imposibles en su cocinita, ¿sus especialidades? Puré de castañas y puré de tortilla de jamón.
  3. Que pinchemos viejos vinilos de rap y bailar encima de la mesa del salón.
  4. Echarle la bronca a sus muñecas con su clásica expresión ‘¡muy fatal, hombre!’, para instantes después comérselas a besos (pobre Valentina…).
  5. Pintar con rotuladores TO-DO.
  6. Aparecer de repente en la habitación en la que estés y preguntarte sin más ‘¿cómo estás?’.
  7. Ayudarme a preparar bizcochos (sin importar que todo acabe perdido).
  8. Ir a caballito sobre los hombros de su padre y agarrarse de su pelo como si fueran las crines de un caballo.
  9. Probarse todos los zapatos que encuentra a su paso.
  10. Correr desnuda por casa justo cuando vamos a meterla en la bañera y retarte para que la pilles.

 

© JGG

© JGG

Esos días de lluvia

Cuando eres madre adquieres mágicamente, desde el mismo momento del parto, la capacidad de adaptarte a casi cualquier situación, circunstancia o estado de ánimo. Pero por mucha capacidad de adaptación que desarrolles, despertarte el fin de semana y descubrir que está lloviendo a cántaros no es la mejor de las noticias. Lo que en tu vida ADSM (‘antes de ser madre’), era es escenario más romántico posible, se transforma en una encerrona a prueba de paciencia en la época DDSM (‘después de ser madre’).

Este fin de semana ha sido uno de esos en los que temes que esa fierecilla indomable de dos años se vuelva un poco más loca de lo habitual por no salir de casa, pero si algo he aprendido también siendo madre es que la capacidad de adaptación de los niños siempre irá varios pasos por delante de la tuya.

Inventarnos cuentos sobre la marcha dibujando sombras en la pared con unos figurines de cartón (un regalo súper especial llegado desde París), pinchar discos antiguos de rap y bailar como si fuéramos estrellas, ver apretujados en el sofá una película de Pixar (a trocitos, por supuesto), probarnos todos los zapatos que encontremos por casa, saltar en la cama y dejarnos luego caer como un peso muerto cuando estamos exhaustos… Pero, sobre todo, jugar con la cocinita que le han traído los Reyes a Lola y montar un banquete dionisíaco para todas las muñecas (que son muchas): sopa de primero, tortilla de segundo y pastelitos de postre, todo regado con agua y zumo de naranja.

sombras

sombras2

Me chifla ver a Lola sacando todo su menaje de cerámica -que inesperadamente aún se mantiene intacto-, abrir las cortinitas buscando cualquier utensilio, metiendo algún plato en el horno… Aprendiendo cosas cotidianas que espero que adore tanto como yo (cocinar, pero sobre todo y por encima de todo, comer), y disfrutando de un juguete que han fabricado entre mi padre (carpintería), mi madre (telas) y mi hermana (papel pintado y menaje). Ojalá nos dure siempre y ojalá Lola (y también Valentina) la cuiden y la mimen como lo que es: un tesoro hecho con todo el amor del mundo sólo para ellas.

la foto 1 la foto 3 la foto 2 la foto 4

Este fin de semana Lola volvió a demostrarme que con ella no valen los planes ni las ideas preconcebidas, que es mejor ir sobre la marcha y disfrutando del camino y, sobre todo, que la comida más deliciosa del mundo ni se huele, ni se saborea. Es invisible, como la mayoría de las cosas que importan.

risas

Y entonces llegó ella

El primer embarazo es una experiencia única a la que caben aplicarle casi tantos adjetivos como matices tiene de repente tu estado de ánimo: desconcertante, emocionante, expectante y casi siempre delicioso. Las primeras veces son siempre especiales, pero creo que es el único caso en el que la primera vez de algo dura, como poco, nueve meses. Y digo como poco porque después de dar a luz continúa esa ‘primera vez’ mutada en forma de maternidad. Es una primera vez que es para siempre.

Cuando superas eso -o mejor dicho, cuando crees haberlo superado y empiezas a sentirte más o menos cómoda en tu papel de madre, que es una aventura que también lleva su tiempo-, te aventuras a repetir la experiencia. Y entonces nada es igual. Lo que antes fue incertidumbre ahora es complicidad, lo que en su día fue avidez por saberlo todo, por cuidarte y por mantenerte bien se ha transformado en una relajada actitud como de ‘esta película ya la he visto y sé cómo acaba’. Y a pesar de que se pierde el factor sorpresa que hace que el primero sea único, lo cierto es que de repente nada parece ser más placentero que la sensación de ser viejos conocidos, de saber qué viene después. Es un poco como haber madurado: esa seguridad de saber exactamente a dónde vas es casi más excitante que no saber en qué demonios te estás metiendo.

Pero como las cosas que realmente importan, al final no siempre es todo tan predecible ni tan lineal. Y el segundo embarazo no es una excepción. De repente tienes que explicarle a una personita de escasos 70 centímetros qué es lo que se avecina y empiezas a fantasear, no con la idea de tener un hijo, sino con la idea de que tu hijo vaya a tener un hermano. Y da casi tanto vértigo una cosa como la otra.

En unos cuatro meses Lola tendrá que compartir mimos con un bebé -otra chica nada menos-, tendrá que aprender a esperar su turno cuando quiera algo, deberá aceptar que la gente que más le quiere ya no tendrá puesta la mirada constantemente en ella. Y será duro, seguro. Compartir no es fácil. Pero por otra parte sabrá como huele un recién nacido -un olor que no se parece a nada en el mundo-, lo divertido que es tener a alguien con quien jugar incondicionalmente las 24 horas y lo bien que saben las risas, los bostezos, los helados, los enfados y los besos cuando son por partida doble.

la foto1

 Bienvenida Valentina. En casa ya te estamos esperando.

Tiempo párate, por favor

Anoche Lola dejó su cuna para empezar a dormir en una camita. Está entusiasmada con la idea y no deja de repetir ‘¡Lola es mayor, Lola es mayor!’ mientras salta sin control sobre ella y practica cómo subir y bajar solita. Esta noche ha dormido genial, no se ha caído y se ha despertado igual que siempre, así que su proceso de adaptación ha sido la cosa más natural del mundo.

Estoy feliz de verla así de contenta, pero por otro lado ha sido como si se abriera una ventana en la que he podido ver que se está haciendo mayor irremediablemente. Qué obviedad, ¿verdad? Puede que sí, pero sólo sé que darme cuenta, así tan claro, de cómo ha crecido en estos dos años me ha puesto un poco triste. Puede que el hecho de que sea domingo y de que esté lloviendo sin parar también hayan tenido algo que ver, pero eso no cambia la realidad: desde que nacemos no hacemos otra cosa que irnos separando lenta y deliciosamente de nuestros padres. Adiós Lola bebé, hola Lola niña. Por favor, quédate conmigo bastante tiempo.

01558e8bf3381c11833343a5ffeb3269

Perfectos imperfectos

Los tableros de Pinterest, los cupcakes deliciosos, los filtros de Instagram, la cultura DIY, los finales felices, las sonrisas 24/7… Adoro todas esas cosas, me gustan las cosas bonitas en el sentido más amplio de la palabra y estoy bastante cerca de ser una esteta de manual. Pero a veces -quién lo iba a decir- ese amor por lo bello es una fuente infinita de frustración.

En ocasiones (más de las que me gustaría reconocer) pierdo los nervios con Lola en lugar de explicarle las cosas despacio y con calma, llego agotada a casa y como cualquier cosa fea e insana, no me da tiempo a currarme looks ideales y súper relajados y, si alguna vez lo consigo, no sé cómo lo hago para mancharme enseguida; no llego por las mañanas a maquillarme como me gustaría y he sido incapaz de celebrar el cumpleaños idílico para Lola que llevo meses maquinando en mi cabeza lleno de tarritos antiguos, golosinas y colores pastel.

Adoro las cosas bonitas y perfectas, pero mi vida rara vez lo es. Y lo cierto es que aunque sufro momentos de impotencia por no poder ser tan bonita y perfecta como todas esas cosas que adoro, al final, con cierta perspectiva, me acaba dando igual. He aprendido que a veces la tortilla de patatas que mejor pinta tiene, no está tan rica como una medio deshecha; que es mejor no llevar los labios perfectamente pintados de un rouge impecable porque no puedo besuquear a Lola cuando la dejo en la guardería, que una camiseta blanca y unos vaqueros también pueden ser el look más cool del mundo… He aprendido a tolerar la fealdad, a amar las imperfecciones y a ver el lado bueno de las cosas inacabadas y, aunque me siguen gustando la belleza con mayúsculas, he descubierto que requiere demasiado tiempo y esfuerzo, dos cosas que no estoy dispuesta a entregarle, por bonita que sea.

a6ea544c972a96ab2d40ab9710955285

A Lola le gusta… (22 meses)

  1. Recostarse en mi hombro cuando me agacho para atarle los cordones.
  2. Hacerle pedorretas al viento cuando le da una tregua a su pelo.
  3. Lamer el chocolate de una galleta hasta acabar con él y luego devolverme la galleta con cara de ‘aquí no ha pasado nada’.
  4. Tocar la armónica.
  5. Ver volar una cometa.
  6.  Saltar en la cama y tirarse luego en plancha sobre los almohadones.
  7. El jamón serrano.
  8. Pintar en la arena mojada con un palito.
  9. Jugar a convertirme en cualquier animal que se le ocurra con una varita mágica imaginaria.