Me he reconciliado con agosto. Ha sido una decisión muy meditada, pero finalmente, después de años de íntima enemistad, he decidido darle una segunda oportunidad. En agosto es mi cumpleaños y las vacaciones siempre han conseguido que pasara un poco inadvertido y que las fiestas para celebrarlo hayan sido discretas y pequeñitas. Vivir durante toda tu infancia en una ciudad costera tampoco ayudaba: agosto nunca fue sinónimo de vacaciones, las vacaciones eran coger el autobús para ir a la playa todos los días. Nada nuevo bajo el sol.

Pero este verano, agosto ha sido distinto. Mi cumpleaños me ha traído -por adelantado, además- el mejor regalo del mundo y los cuatro hemos pasado todo el mes viajando de un lado para otro. Por primera vez, agosto ha sido ‘cerrado por vacaciones’. Y aunque hayamos recorrido carreteras perdidas cargados como chamarileros y aunque haya tenido que enfrentarme al momento de hacer y deshacer maletas más veces de las que me hubiera gustado, en realidad poco importa.

Lo que importa es que durante un mes nos hemos creído fugitivos, que hemos cambiado de casa y de lugar cada vez que cambiaba el viento y que hemos viajamos en busca de algo invisible que solo nosotros conocemos. Agosto me ha regalado la sensación de que se puede vivir de otra manera, más liviana y relajada, con menos expectativas pero muchas más satisfacciones, aunque solo sean 30 días al año.

Agosto me ha regalado helados de todos los sabores y noches en las que sólo se oían los grillos, me ha descubierto que las chanclas van con todo y que hay arenas que nunca terminan de irse. Y creo que es lo más parecido a la felicidad.

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